miércoles, 1 de febrero de 2017

Te quiero, Mary

          No tengo muy claro cómo empezar esta carta, Mary. Me siento estúpido haciendo esto, pero tampoco veo otra forma mejor de conseguir mi propósito. Te escribo estas letras porque te quiero, mucho; tanto que a veces incluso me da miedo, ¿sabes? Cuando te vi solo pude pensar en esa estúpida falda rosa, tan larga, que llevabas puesta. Tenía unos lunares blancos ridículamente grandes y una mancha de tinta azul en una esquina.  Recuerdo que a mi cabeza vinieron dos preguntas: la primera fue cómo habías tenido el valor para ponerte esa prenda y la segunda fue cómo narices te quedaba tan bien si era tan fea. También me pregunté por la mancha, aunque fue una duda más vaga. El caso es que pensé que tenías algo que te hacía verte perfecta siempre. Te lo juro, Mary, te juro que lo pensé. Sigo pensándolo ahora. Hagas lo que hagas y lleves la ropa que lleves seguirás pareciendo una princesa.

          Intenté acercarme a hablarte, llamar tu atención. Y me sentía torpe. Era como si todas mis extremidades fueran pesadas: como si en lugar de brazos y piernas tuviera unos incómodos colgajos que no obedecían bien a mis acciones. Intenté mantenerme firme, con un porte elegante. Y fallé estrepitosamente. Fue entonces cuando te acercaste a mí y me miraste con esos ojos de gato que tanto me gustan. Amo la forma que tienen. Cuando te los maquillas y sonríes se alargan en los extremos y parecen de otro mundo. Son tan perfectos que duelen, Mary, créeme. Me miraste y yo me sentí la persona más afortunada de este planeta y de mucho más lejos. Luego la cosa se puso mejor cuando me hablaste. Sonabas insegura: quizá te sentías tan estúpida como yo o querías quedar bien. Qué sé yo; me gusta pensar que te pasó como a mí; me reconforta.

          Mary con esa falda horrible de lunares me enamoraste; durante un tiempo se volvió mi favorita. Por eso me dio pena cuando la tiraste diciendo que ya no te gustaba. Entiéndeme, aquella prenda era un recuerdo de la primera vez que nuestras vidas se cruzaron. Creo que durante un tiempo eché de menos su color rosa chillón y los lunares; los lunares excesivamente grandes. ¿Te he dicho ya que te quiero? Mucho, Mary, mucho. Mi pecho canta cada vez que te ve. Quiero pedirte disculpas por el beso que te di ayer; creo que fui demasiado impulsivo. Pero tus ojos estaban ahí, de gato, hermosos. Brillaban tanto... Ese marrón se volvió mi obsesión. No podía quitarme de la cabeza el tono avellana, su trazado negro de maquillaje, y la forma en la que su pupila se dilataba. Mary, fueron tus ojos. Y tu boca. Y tu sonrisa. Y tu olor.

          Yo solo me volví loco hasta perder el control. Te besé, luego me arrepentí. Tampoco era como si me quisiera aprovechar de tu confianza. Yo solo... Mary, no sé explicarme, de verdad. Me quedo sin palabras como un idiota. Tan idiota como ese día de la falda de lunares en el que nos conocimos: el día en el que me di cuenta de que eras demasiada mujer para mí. Pero aún te codicio, ¿sabes? Me gustas demasiado, y soy egoísta. Quiero que me quieras, Mary. Por favor, déjame ser el amor de tu vida. Te amo, tanto que duele. Quiero ser tu hombre. Déjame amarte con todo mi corazón, te lo suplico. Prometo tratarte como la princesa que eres, Mary. 

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