miércoles, 22 de febrero de 2017

Dulce pesadilla

           Recuerdo la primera noche en la que apareció. Estaba durmiendo plácidamente en mi cama, mi respiración era lenta y me sentía resguardada entre las sábanas. Él llegó como un huracán y revolvió mis mantas, y me llenó de frío. Fue entonces cuando su cuerpo se pegó a mí y un suspiro salió quebrado de mis labios.

           No podía discernir su rostro entre la oscuridad; tan solo alcanzaba a identificar una silueta robusta y una cabellera larga y suave, increíblemente suave. Él era todo hielo; se sentía como escarcha cuando sus manos se deslizaban sin ningún tipo de pudor entre mis curvas. Y sabía a metal y a sal. Recuerdo cómo su boca se posó sobre mi garganta y el gruñido anhelante que profirieron sus labios.

           —¿Quién eres? —inquirí con apremio.

          No me contestó. Solo inhaló, inhaló e inhaló. Hasta quedarse borracho de mi aroma y olvidarse de cualquier cosa que no fuera mi piel. A mi mente acudieron imágenes fugaces de cómo su ávida boca se posaba sobre la mía y me forzaba a besarlo; de cómo tomaba cada parte de mí como si le perteneciera. Y, ciertamente, hizo bien: desde que su imponente cuerpo pisó mi habitación fui suya. Hizo conmigo todo lo que quiso, y tal vez más. Mentiría si dijera que opuse resistencia o si aseverara que actué como la muchacha inocente que nunca fui. Yo también le hice cosas demasiado oscuras como para mencionarlas en este relato.

           Lo triste de esta historia es que me estoy muriendo; cada vez que toma algo de mí una fibra de mi ser se hace pedazos. Y eso le gusta: lo veo en su regocijo, en sus suspiros inhumanos y dementes. Y, ¿queréis saber algo todavía más triste? Que yo también lo disfruto. Que todas las noches espero que regrese a verme, aun a sabiendas de que una de ellas podría ser la última. Que él se ha convertido en el mejor de todos mis sueños: en mi dulce y anhelante pesadilla.

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