miércoles, 1 de febrero de 2017

Capítulo IV: El reino del Olvido

Quise hacer sentir a Violeta mejor, porque no era agradable en absoluto saber que tu padre nunca se interesó por ti. Alguna vez pensé que quizá sería mejor haber nacido sin la existencia de papá porque así no podría sufrir su pérdida. Pero luego estaba el contrapunto de Violeta: ella parecía destrozada por no haber tenido algo que la mayoría de personas experimentaron. Debía de doler sentir que alguien que tenía que ser cercano no había estado ahí. Quizá el punto era en que las dos teníamos dos faltas desde perspectivas diferentes: yo tenía la pérdida y ella tenía la carencia.
Tal vez si le enseñaba la historia de Soledad estaría identificada con ella. Violeta alguna que otra vez se había quedado con la mirada fija en las hojas que escribía en clase. Nunca se las mostraba, pero sabía que tenía curiosidad. En cambio ella decidió no decir algo al respecto porque con su súperpoder de comprenderme sabía que me incomodaba hablar de ello.
Me senté a su lado, con la espalda pegada donde estaban empotrados los nichos. Abrí la mochila y saqué mi libreta azul cielo, donde escribía cada una de las ideas que me venían a la cabeza. Generalmente eran cuentos, pero se había dado el caso de que un cuentoen concreto, que empecé en aquel cementerio, había terminado alargándose hacia un relato bastante largo, que contaba sin contar cosas de mí. La mayoría de veces me pasaba aquello: hablaba de mí sin querer. Aquella historia la bauticé como El reino del olvido, porque todos habían olvidado. Violeta tomó mi libreta por la página donde se la tendí. Sus ojos resplandecieron de la alegría y empezó a leer en voz alta.
Había una vez una princesa que estuvo toda su vida llorando porque vivía en un mundo gris. La princesa tuvo un nombre precioso, que todo el mundo pronunciaba con delicadeza y suavidad. Su cabello era negro, largo y repleto de tirabuzones porque, como todo el mundo sabía, las princesas debían de tener tirabuzones en el pelo y pecas sobre sus mejillas rosadas. Sus ojos eran madreselva, exóticos, y sus labios llevaban siempre carmín color vino. Era la mejor de todas las princesas, aunque la más invisible.
 Solía llorar porque le hacían llevar tacones y un corsé que le oprimía el pecho hasta arrebatarle las ganas de respirar. A ella le gustaba, pero no. Le parecía bonito, pero quería llevar más cosas. Así que lloraba porque sentía que había algo mal en hacer lo que el mundo esperaba de ella. No estaba preparada ni para conocer a un príncipe ni para gobernar en su palacio.
Su desgracia llegó en forma de envidia, porque cuando la contemplaban desde fuera solo se impregnaban de su hermosura. Así que todo el mundo pensaba que su tesitura era envidiable. Recibía un odio infundado que tampoco sabía cómo afrontar. La pobre princesa solo buscaba que alguien ahondara más en ella; que se preocuparan por su ideal de alma libre. Entonces entró en escena una bruja con rostro de niña pequeña. Su historia era casi tan trágica como la de nuestra princesa, pero poca gente se preocupaba por lo que le ocurría a los villanos. La bruja tampoco tenía nombre, porque con los años la gente se olvidó de que existía. Y como nadie la llamaba, su identidad se quedó muda. En su cuello pendía un espejo mágico que utilizaba para capturar almas.
Una noche, mientras la princesa dormía, la despertó poniendo el espejo frente a su rostro. Lo primero que vio fue la imagen de una bruja de ocho años, que en realidad tenía quinientos.
—¡Es el miedo! —chilló, asustada por el vacío en los ojos de aquel reflejo. Su cabello morado tenía un resplandor sobrenatural. Morado, como si fuera un sacrificio, porque los sacrificios se vestían de aquel color.
La bruja, entonces, se quedó con las palabras de la princesa. Miedo, le dijo, y así quedó su nuevo nombre. La bruja del Miedo sería entonces. Después hizo un bautismo a la princesa que, perdida por la pesadumbre del reflejo, bloqueó en sus recuerdos. Era tanto sentir el dolor de Miedo, que cuando se aunó al suyo su cabeza se desconectó de su cuerpo. Lo olvidó todo.
Miedo se arrepintió porque había condenado a la monarca a vaciarse por dentro. Tan fuerte fue el hechizo que su cabello se tiñó de blanco, y sus ojos, y sus ropajes. Sus pupilas fueron las de la soledad; por ello Miedo la llamó «Princesa de la Soledad». Las pupilas de Miedo, las del miedo; las pupilas de Soledad, las de la soledad. Aquella desgraciada noche se crearon dos almas errantes que, sin saberlo, eran la mitad de algo nuevo.
Fue extraño aquello de escuchar lo que había escrito. Me avergonzaba un poco ver materializadas mis palabras en voz alta. Tenía cierta angustia por si había algún fallo de redacción o alguna que otra redundancia. Pero, aun así, estaba orgullosa de mi trabajo porque estaban los conceptos que pretendía ahondar.
—Es muy cierto eso que dices de que en los cuentos se toma muy poco en cuenta el punto de vista de los malvados. Las brujas nacieron para ser malas, y ya. —Violeta suspiró. —Eso es triste. Miedo seguro que sería mucho más feliz si alguien se parara a comprenderla. ¿A qué sí?
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Aquella noche me costó más que de costumbre dormir. Tal vez fue porque me sentía más viva que de costumbre. Habitualmente en mi día a día no ocurrían tantas cosas: desde que me llegaba la memoria solo no pasa nada. Amanecía y llegaba la noche. Pasaba frío y me daba pereza ir al instituto. Y ya. Pero con Violeta estaba empezando a sentir que los días no estaban vacíos.
Estuve dándole vueltas a cómo sería la mejor forma de crear la historia de la bruja del Miedo. Quería impresionar a Violeta porque en aquella ocasión no escribía solo para mí: esperaba que mis letras fueran leídas por otra persona. Aquello me intimidaba bastante, porque nunca se me había dado bien estar bajo la lupa de los demás. Aunque tenía la sensación de que con Violeta sería algo distinto.
Entonces el aire frío me puso los cabellos de punta. La ventana de mi habitación estaba abierta y las cortinas se removían inquietas, como si fueran olas. Las imaginé como seda, del color del coral y con olor a sal y océano. Cuando toqué el vidrio helado y empañado por el contraste de temperatura, la vi. Estaba flotando, con su vestido blanco rasgado y su cabello platino enredado. Fue la cosa más hermosa que presencié en mi vida. Era Soledad, como un folio en blanco. Nuestros ojos conectaron y su gris, tan vacío y distante, parecía querer decirme algo. No derramaba lágrimas, aunque tenía los surcos de tristeza enmarcados por el delineador negro.
Era una visión de Soledad algo diferente a cómo la creé en mi imaginación porque no parecía desesperanzada. Sus labios se abrieron hasta articular una palabra: «Descansa». Sentí que ella era mi ángel de la guarda y se proyectaba solo para demostrarme que se solidarizaba con mis circunstancias. «Te quiero», le dije yo y me sentí como una estúpida porque hablaba tan poco que cuando lo hacía la voz me salía grave y ronca. Quise imaginarla sonriendo, pero no pude. Cerré los ojos con el deseo de que las cosas fueran distintas para que ella y yo pudiéramos ser felices. 

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