lunes, 16 de enero de 2017

Otoño

          Estaba sentado en un banco del parque. Era de piedra, incómodo. La zona donde no descansaba el chico tenía hojas secas de tonos que oscilaban entre el amarillo y el naranja. Cerré los ojos y me pareció escucharlas crujir como cuando alguien las pisaba. Despejé el sonido del tráfico, de las risas de los niños, del viento aullando por las calles..., y solo quedó aquella melodía de hojas secas. Se levantó de aquel banco y nuestras miradas se entrelazaron. Sus ojos eran del mismo color que las hojas; de un amarillo marrón, pero naranja. Su cabello, marrón claro, estaba revuelto porque pasaba repetidamente los dedos entre sus hebras.

          Tenía la piel tostada y pecas en su nariz. Los labios gruesos, de un rosa oscuro, y los pómulos marcados. Su nariz era fina y alargada; con el tabique muy largo. Y su sonrisa era lo mejor del mundo. Me quedé durante unos instantes parada y desintonicé todo mi alrededor, como hice para capturar el crujir de las hojas. Él me reconoció y se acercó hacia mí como quien acude a un reencuentro. Sus pupilas se dilataron, junto a las aletas de la nariz. Tenía la expresión en el rostro de quien rebosa en alegría. Tuve el impulso de capturar aquel momento con mi cámara, pero no lo hice por miedo a romper el embrujo.

          —¿Cómo termina, María? —inquirió el chico con impaciencia. Me acerqué y tomé las hojas de papel que sostenía entre sus manos. Reconocí en ellas mi caligrafía enorme, apresurada y llena de palabras tachadas. Sostuve el último folio y mis ojos se fijaron en la frase incompleta: «La soledad de Leandro era tan densa como su indecisión, pero entonces...», «... pero entonces decidió ir a recuperar a su amada».

          Leandro me envolvió entre sus brazos a modo de agradecimiento. Le devolví el estrecho abrazo un poco triste, porque había terminado su relato. Después se alejó de mí, a paso ligero, mientras sus pisadas se confundían con los folios que aún sostenía entre las manos. Su camino se fue desdibujando, hasta que de él solo quedó el crujir de las hojas.

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