domingo, 15 de enero de 2017

Amargo

            «¿Qué quieres decirme?», pero no te lo pregunto; solo miro hacia tu rostro. Tus ojos marrones más oscuros que de costumbre. Húmedos, pero sin lágrimas. Las pestañas, largas y mojadas, tampoco aún tienen lágrimas. Las ojeras, que descansan debajo, están hinchadas y enrojecidas. En ellas reside algún tipo de magia, porque no puedo parar de mirarlas. Tan marcadas y tristes; tan cansadas... Las mejillas pálidas; los labios secos y un tanto entreabiertos. La piel seca de esa boca, de esos labios, que necesitan saliva. Tu barba casi tan descuidada como lo están tus ojos (y aquellas ojeras que, aunque me cueste admitirlo, tanto me gustan).

         Me miras a mí como queriendo preguntar cosas demasiado grandes para usar palabras. Guardas silencio durante unos segundos y, cuando se empieza a hacer larga la espera, me preguntas un simple «¿Qué te pasa?» como si aquella cuestión fuera capaz de encontrar respuestas en mi silencio. Yo no sé cómo me veo y mucho menos sé cómo me ves. Solo estoy seria y pienso. Solo te miro seria porque siento que no alcanzo a sonreír. A veces me dices fría, porque mi rostro siempre fue de esa forma; porque la solución más sencilla cuando estás triste es rodearte de escarcha.

         Luego llega la reverencia de tu mano, que se coloca sobre mi mejilla derecha y la acaricia. Es entonces cuando sopeso tu pregunta y no sé qué debería de responder. Solo me quedo mirando tus ojos húmedos, pero sin lágrimas. Quiero volver a ver aquel marrón más claro, que acude cuando no estás ni triste ni cansado. Quiero acariciar esas ojeras, que son tan sinceras como bonitas. Entonces me arrepiento de cómo llegamos a este punto tan amargo. Quiero volver atrás en el tiempo, pero no tengo superpoderes. Intento sonreír pero se desdibujan mis labios. Busco arroparte de alguna forma y te abrazo. En mi garganta se ahoga un «Lo siento», que terminas susurrando tú antes de que yo lo haga. Quizá en aquel instante te sentiste como yo. Quizá nuestras mentes están interconectadas. O quizá, simplemente, los dos compartimos el mismo miedo a perdernos.

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