lunes, 27 de febrero de 2017

Capítulo V: El dibujo de Violeta

Aquella mañana fue una de las pocas en las que iba completamente descansada a clase. Aun así, sabía que hoy iba a ser un día distinto. Quizá lo descubrí porque a veces me daba la sensación de que el cielo hacía predicciones del futuro, o que le gustaba ir a juego con mis estados de ánimo para hacer las escenas más emotivas. Lo primero que encontré al llegar a clase fue a Violeta acurrucada en su asiento, como si estuviera haciendo un esfuerzo hercúleo por ser invisible. Conocía tan bien aquella sensación que me reconcomía por dentro.
Me senté en el pupitre que estaba a su lado y que llevaba compartiendo ya medio curso. Ella casi ni mostró darse cuenta de mi presencia. Cuando estuve a punto de alejarme de allí para darle un tiempo sola, extendió su mano derecha y me tomó de la muñeca. Tenía la muñeca tan delgada que era capaz de envolverla con su mano. Luego acarició mi mano con el pulso tembloroso y tironeó de mí con levedad. «Lo siento» articuló tan bajito que no pude estar del todo segura de que me hablara.
—Lo han roto, Clara —musitó de nuevo, con un poco más de ímpetu—. Y yo no pude hacer nada.
No supe a lo que se estaba refiriendo hasta que me fijé en el hueco entre sus piernas, donde había un folio arrugado y pegado con celo. Alargué mi mano para tomarlo, mientras Violeta me miraba con los ojos enrojecidos. Era la imagen de una princesa en blanco, que cogía entre sus manos a una bruja de cabello morado, con dos pozos negros en lugar de ojos y con un vestido aguamarina.
—¿Por qué aguamarina? —quise saber. Violeta me miró sorprendida, porque aún seguía sorprendiéndose de que esporádicamente hablara.
—Es un traje victoriano, pero aguamarina. —Hizo una pausa. —Al principio pensé en verde, porque es mal augurio. Siento que La bruja del Miedo arruinó la vida de Soledad y que por eso merece llevar el verde de Lorca. Lorca decía que el verde traía cosas malas y por eso se lo puso a Salomé. Pero luego pensé que el aguamarina era verde pero más bonito, como el agua calmada.
»Cuando imagino a La bruja del Miedo lo hago como el agua calmada: el azul. Ella está triste pero tranquila. Ella arruina la vida, pero se la ve pausada. Es tan vieja que ya no teme a esperar. Por eso verde y azul: aguamarina. Y victoriano, pues… Porque es un diseño bonito, y ella es hermosa y vieja. Las cosas viejas son las más bonitas.
No le dije nada más. Solo me quedé mirando su dibujo pegado con celo. La princesa Soledad cogida de la mano de La bruja del Miedo. Como si las dos fueran cómplices en la historia. Cuando hablé sobre ambas las imaginaba similares porque su trasfondo era parecido, pero jamás se me habría pasado por la cabeza concebirlas cogidas de la mano. En la imagen se veían incluso felices.
—¿Sigues llorando por tu dibujo de mierda? —espetó Patricia a nuestra espalda. Sin necesidad de escuchar nada más, ya supe lo que había ocurrido. Violeta se tensó y la vi apretar con fuerza sus puños.
—Te voy a reventar —murmuró mi amiga, lúgubre. Patricia rompió a reír. Violeta se incorporó y la contempló de arriba hacia abajo con un desprecio que me sorprendió viniendo de ella, porque la concebía como solo dulzura. Patricia también se sorprendió, o quizá tan solo fueron imaginaciones mías.
—¿Qué me vas a hacer?
—Te voy a reventar. —Se lanzó hacia ella y le propinó un bofetón. Luego otro, y otro. Atónita, Patricia se lanzó para devolverle los golpes. Al poco se hizo un círculo entorno a ellas en el que animaban a Patricia y abucheaban a Violeta. Al poco llegaron los profesores, que estiraron de ellas para que se separaran. Patricia tenía  un moretón enorme en su mejilla derecha, mientras que Violeta lucía sus brazos llenos de arañazos.
—Eres patética —espetó Patricia. Enfadada me lancé también yo hacia ella. Le golpeé en el estómago con la satisfacción interna de que no se esperara aquello de mí.
—No hay nadie que pueda estar más sola que tú, ¿me escuchas? Y algún día te darás cuenta de esto. Llorarás como un gatito asustado, porque eres solo eso, Patricia, pura fachada. 
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Estuvimos sentadas en la zona de dirección. Las heridas de Violeta me parecían tan bonitas que me asusté. Mi amiga, que estaba llena de arañazos rojos, como la hoja de papel en la que había dibujado.
—Me rompió mi dibujo, Clara. Se acordará de mí: puede esperar una venganza de mi parte.
Yo también tenía ganas de hacerle pagar un poco lo que hacía conmigo, pero no era como si supiera sobre ser malvada. Así que solo la miré a la espera de que la directora llamara a nuestros padres. Violeta, que estaba tan rota como su dibujo. Un dibujo que era aún más bonito con los trozos de celo, porque reflejaban muy bien la forma en la que Soledad y Miedo se sentían por dentro.


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