miércoles, 25 de enero de 2017

Gris

           Estabas ahí, mirándome con tus ojos grises. Estabas ahí, haciéndome sentir idiota. Y lo sabías; por supuesto que lo sabías. De hecho, creo que aquella era una de las cosas que más te gustaban. Te gustaba mirarme con el acero de tus ojos grises; de aquel iris que tantas veces me traspasaba. Qué me abandonó. Qué me dejó rota.

        —Cinco años —articulaste despacio, como si trataras de saborear tus palabras—, y sigues siendo la misma.

           Abrí la boca con la intención de responderte algo mordaz o hacerme ver ofendida, pero no salió ni una palabra. Solo tomé aire en un suspiro lento y pesado. Estabas ahí, con tus ojos grises. Estabas ahí de nuevo contemplando mis pedazos. Y me dolía ¿Cómo no iba a dolerme? Cinco años seguían sin ser suficiente tiempo.

           Mi cuerpo ardía. Quería tocarte; sentir que estabas ahí. Abrí la boca otra vez, y no hablé. Tú en cambio sonreíste con sorna mientras tus manos se pasearon sobre el respaldo de la silla del comedor. Lentas, se movían lentas como una caricia.

          —¿Recuerdas? Aquella noche que cenamos juntos —me susurraste lento, cerca de mi oído. Yo me mantuve estática, de nuevo con esas ganas de tocarte, de nuevo abrumada por las circunstancias y tú, de nuevo, sobreponiéndote a mí— compartimos el mejor momento de mi vida. ¿No fue perfecto también para ti?

          —Por favor —atiné a murmurar—, ya basta.

          Tú me ignoraste con aquella pose segura que tan insegura me hacía sentir a mí. Me miraste triste; la tristeza en el acero, y algo más. Una tristeza que sin lugar a dudas poco tenía que hacer con la magnitud de la mía. ¿Alguien como tú podía estar más triste que yo? Tris, teza. Así era la cosa. Tristes los dos pero, como era costumbre, yo más triste. Porque independientemente de lo que ocurriera la herida siempre iba a ser yo, igual que la triste. Tris, teza. La tuya pesaba menos, dijeras lo que dijeras. ¿Cómo el acero iba a estar triste si nació para ser frío? 

          Me ignoraste, como tratando de poner a prueba lo poco que dejaste de mí. Luego me regalaste una pizca de inseguridad, de vacilación. Estabas triste, menos triste que yo, pero me ponías a prueba. Y continuaste hablando.

          —Aquel amanecer tuve el olor de tu pelo en mi almohada. —Hiciste una pausa, tus labios temblaban. Temblaba yo, también. —Recuerdo que me decías «Tu mirada me traspasa». ¿Ahora te pasa lo mismo?

          Perdí la fuerza que me hacía mantenerme derecha y caí de rodillas al suelo. Siempre fui una dramática; una estúpida emocional que no estaba preparada para afrontar aquel tipo de circunstancias. Estaba rabiosa, avergonzada y mi grado de estupidez se había doblado. Tú me observabas como lo hacías siempre y yo te sentí dos octavos por encima de mí. Siempre estuviste sobre mí en cualquier sentido de la palabra.

          —Cinco años; han pasado cinco años —musité como una autómata—. Vete, por favor. No quiero saber nada de ti.

          Roto, parecías tan roto como yo. Quizá fui yo, con mis delirios incoherentes, pero te vi roto. Y quise llorar cuando te pusiste de rodillas a mi lado y tu mano acarició mi mejilla como si la estuviera atesorando. Me miraste con el acero consumido; menos frío, más líquido. Fundiste tu acero y creí verte adorarme como si fuera alguien mejor que tú. Te acercaste hasta que nuestros alientos se mezclaron hasta ser una única cosa. Quise que me tocaras y olvidar. Solo fuego. Solo nuestro fuego.

          Qué arda, pensé, qué nos ahoguemos en las llamas. Nuestros cuerpos se reconocieron y el vestigio de lo que fuimos se convirtió en presente de indicativo con un beso. Nos besamos con fuerza hasta ser una única cosa. Tus labios, tan húmedos, tan suaves, me susurraron en el oído algo que, para mí, fue música «Te necesito». Entonces te sumergiste en mí y todo recobró un sentido que en realidad nunca tuvo. 

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