domingo, 22 de enero de 2017

Capítulo III: El papá de Clara y de Violeta

Me inquietaba cómo explicarle lo ocurrido con mi padre a Violeta. Aquel no era un tema que me gustaba compartir: prefería guardármelo para mí misma, donde nadie podía establecer juicios sobre mis circunstancias. Desconocía si odiaba más cuando me miraban con petulancia o cuando lo hacían desde la compasión. Me parecía que ambas nacían del mismo sentimiento: el ego. No me apetecía ver cómo nacían emociones así en Violeta porque mi visión sobre ella se malograría. Y yo la quería intacta y pura, aunque fuera imposible. La vida ensuciaba las cosas.
En la salida de clase me desvié en el camino; Violeta en respuesta solo enarcó una ceja. Me siguió hacia las afueras, donde estaba el cementerio. Ahí descansaba papá: en una tumba de mármol blanco. La foto que puso mamá era de él sonriendo con su barba descuidada y unas gafas de culo de vaso de color vino. Cuando miraba su foto me daba la sensación de que nuestros ojos estaban interconectados. Entonces me acordaba de que estaba muerto y me entraba la impotencia. Siempre tuve la lágrima fácil y, como estaba acostumbrada a llorar por absolutamente todo, era complicado batallar contra aquello.
Por muy paradójico que fuera me costaba admitir cuando estaba triste. Normalmente lo posponía pensando en otras cosas. Pero luego, cuando tenía la guardia baja, ocurría algo que me recordaba una tontería del pasado que no era tan tonta, y caían mis lágrimas como si fueran la cascada del Niágara.
La primera vez que pensé en la princesa Soledad fue en aquel cementerio, porque era el lugar indicado para las almas en pena y yo siempre la imaginé como un alma en pena. Era una princesa que no se acordaba de nada y dudaba su existencia. Por aquella razón vagaba entre tumbas como el espectro más maravilloso del mundo. Llevaba el pelo rubio platino: largo y blanco. Pálida toda, porque era un folio en blanco. Su vestido estaba rasgado por los bajos, donde a través de las telas se podía ver un aparatoso cancán de color blanco. Me imaginaba sus ropas de color ocre o blanco, también, siempre sucias. Las medias rasgadas, sin zapatos. Sus ojos grises, o incluso blancos, con el maquillaje corrido. Los ojos con regueros negros, porque de llorar tanto se le habían marcado unos surcos de melancolía. Sus labios pálidos y recubiertos de un pintalabios rojo, vencido hacia uno de los extremos de su barbilla.
Estaría danzando entre ataúdes; bailando una canción con el viento. Sí, sería amiga del viento porque se llevaba increíblemente bien con el olvido. El viento estaba ahí, y luego se largaba para que nadie hablara de él. Quise decirle a Violeta que la princesa Soledad se había vuelto un eslabón muy importante de mi vida, porque me hacía encontrar la paz. Era su historia la que me ayudaba a lanzar fuera todos mis demonios.
—Tienes la misma nariz que tu padre —musitó Violeta, con la vista clavada en la foto del nicho. Asentí con una sonrisa rota. Recordaba que mamá se reía de él porque su tabique era tan pequeño que le costaba mantener las gafas en el sitio y, en ocasiones, se le caían al suelo. Había roto muchas lentes.
Tuve cierto miedo de cruzar mi mirada con la de Violeta. No me apetecía enfrentarme a su compasión o algo por aquel estilo. Pero en cambio, cuando nuestros ojos se cruzaron, me enfrenté a la única cosa que no me esperaba: comprensión. Violeta estaba empatizando conmigo y se sentía capaz de no juzgarme. Tampoco me preguntó lo que le ocurrió a papá, como hacían muchas personas en busca de detalles morbosos sobre mi tristeza.
La primera vez que imaginé a la princesa Soledad era una niña. La princesa Soledad fue una niña que lloraba. Vivía en un castillo gigantesco lleno de opulentas habitaciones que, a pesar de que estuvieran llenas de joyas, las sentía vacías. La vida de la pequeña Soledad estaba vacía porque buscaba cosas que eran imposibles de conseguir en el plano material. Por aquella razón lloraba días y noches. Lloraba mucho en aquel castillo, y nadie le hacía caso. Lloró tanto que terminó inundándolo todo, y entonces le hicieron caso. Tuvieron que navegar entre la sal de sus lágrimas sobre un velero hecho de pañuelos de papel.
—La próxima vez si quieres le traemos una rosa —musitó Violeta—. Las rosas son muy bonitas y estoy segura de que le gustarán.
Aunque llevaba un tiempo relacionándome con Violeta todavía me costaba intercambiar palabras. Cualquiera se habría cansado de hablar conmigo, porque la mayor parte de las veces no respondía, pero a Violeta no le pasaba aquello. Compartíamos de muchas cosas a pesar de que nunca le hablara. Sin embargo no se molestaba o le sentaba mal mi silencio: sonreía ante mi boca cerrada como si fuera capaz de imaginar mis respuestas mudas.
—Yo tampoco tengo padre, ¿sabes? —Violeta se sentó en el suelo, rodeada de los nichos que estaban anclados a la pared. Aquello, lejos de parecerme una imagen desgarradora, se me hizo tierno. —Pero no ha muerto. En realidad, yo nunca tuve padre. Cuando nací no estaba ahí y mamá no me dijo nada de lo que le ocurrió. Creo que simplemente se largó, y ya.
»Al principio recibía por correo regalos la fecha de mi cumpleaños y de navidad. Mamá no me dijo que eran específicamente de él, pero creo que fue así. Llegué a preguntarle dónde se había ido mi padre y a exigirle que me explicara las cosas. Yo quería tener una familia como todo el mundo, pero en ocasiones apuntamos demasiado alto. Cada persona tiene, digamos, sus problemas, ¿sabes? Nadie es feliz del todo y siempre encuentra alguna carencia en algún aspecto de su vida.
»El caso es que me volví algo idiota con mamá porque mi padre no estaba: la culpaba de alejarme de él sin siquiera saber lo que había ocurrido en realidad. —Suspiró. —Mamá nunca me dijo nada al respecto: solo se quedaba callada y actuaba como si mi manera de actuar no le hiciera daño. Pero yo sabía que era mentira y una parte muy siniestra de mí buscaba hacerla padecer. Creía que yo era la única que lo pasaba mal, cosa estúpida, y buscaba que mamá lo pasara mal cuando en realidad ya lo pasaba mal. No sé si me explico.
»Encontré una carta de papá en el armario de mamá, donde decía que no debió de haberle avisado de que se quedó embarazada. También le insistió en que abortara porque según él yo era un error. Un error que arruinó sus vidas. —Violeta me miró a los ojos y creí que iba a empezar a llorar. —Ahora que lo veo con objetividad sí que fui un error, porque les impedí ser felices y probablemente provoqué que mamá se fuera. Yo no elegí ser un error, Clara, pero lo era.
»Mamá le dijo que era su hija y que decidió tenerme porque quería. El caso no era si yo fui un error o no, me dijo mamá, sino que fue su decisión llevar el embarazo adelante y él no le podía obligar a abortar. Así que le dijo que no lo necesitaba en su vida.
»Me habría gustado haber podido encontrar más cartas para ver si se decían más cosas o poderle preguntar a mamá sin tapujos lo que ocurrió. Pero no puedo, porque no responde o ignora el tema. Creo que moriré sin conocer todos los detalles de lo que vivió con papá.

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