miércoles, 25 de enero de 2017

Elise

      Caminas despacio sobre la acera. Mi mirada está fija en el suelo; en la forma en la que tus manoletinas de charol brillan con el reflejo de las farolas. Tus pasos son vacilantes e inseguros. Sacudes la cabeza y la maraña de cabello se agita sobre tu rostro. Te recolocas las gafas azul cielo y me devuelves la mirada con tus ojos oscuros. Mi oscuridad en tus pupilas; mi reflejo sobre el iris. Me acerco hacia ti y sonrío. Soy atractivo y pareces ser consciente de ello. Mesuras nuestra diferencia de altura porque te saco dos cabezas. Después, te deleitas con mis rasgos cincelados. Nariz afilada, labios carnosos, pómulos marcados. Mirada pálida, interior amargo.

      Te sonrío haciendo alarde de mi perfecta dentadura y terminas con un sonrojo. «¿Quieres que te acompañe a casa?» pregunto. «Sería peligroso que una jovencita tan delicada se viera en riesgo. Esta ciudad es peligrosa». Asientes porque sabes a lo que me refiero; el asesino que mata a chicas jóvenes e inocentes. Me sonríes con la reticencia de quien nunca fue el foco de interés de hombre alguno. Te tomo de la mano: es pequeña, de finos dedos. Tiemblas.

      Entonces, cuando nos acercamos a un callejón alejado, pienso en el cuchillo oculto en el interior de mi gabardina. Un cuchillo que no saco porque me quedo embelesado mirando los lentes sucios de tus gafas. «¿Cómo puedes ver con los cristales así?» Te recrimino mientras tú te avergüenzas. Emites un gemido infantil que encuentro tierno. Coges mi mano para dejar que te lleve donde quiera. Buscas un guía, alguien que te cuide, y creo que esperas eso de mí.

      El vestido que llevas está arrugado y puesto con abandono. Tu cabello necesita ser peinado y tus ojos parece que me lo están recriminando como si fuera mi responsabilidad. Entro en tu casa, donde me ofreces quedarme a pasar la noche contigo. Te ves temerosa, dulce. Yo solo te toco la punta de la nariz, llena de pecas, luego las mejillas. Entreabres esos labios rosa claro con sabor a piruleta. Te beso, perdido. Después te acaricio despacio. Eres suave: con la espalda pecosa, los hombros y dos lunares en la tripa. Dejas que te lleve donde yo quiera, de nuevo.

      Al amanecer buscas prepararme el desayuno, pero eres un desastre. No sabes hacer las cosas, como la niña grande que eres. Termino preparando yo el desayuno, desenredando tu pelo y regañándote, otra vez, por los cristales sucios de tus gafas azul cielo. Pasan los días y descubro que me gusta hacer de padre; atesorar esa inocencia tuya que espero que nunca acabe. El cuchillo de mi gabardina nunca fue para ti, pequeña Elise, pero sí que estuvo destinado a otras.

      Otras que mueren pidiendo una ayuda que no les alcanza. Sus labios carnosos, rojo oscuro, y grotescos. Labios pecadores e indignos. Cuando pienso en ellas, en el resto de mujeres, me siento sucio por haberlas tomado. Ellas trataron de malograrme, Elise, pero luego llegaste tú para expurgar mis pecados. Me enseñaste la razón por la que necesito matarlas. Busco consumirlas porque están corruptas. 

      Elise, no: ahora no necesito el marrón de tus ojos. Me ves frente a aquel cadáver y me veo yo reflejado en el centro de tu pupila. Pupila que brilla. Estoy manchado de sangre con un cuchillo también perdido. Ha muerto pidiendo clemencia: la has escuchado gemir mientras perdía la vida. Tus cejas se arquean con comprensión y dices «Pensaba que me ibas a dejar por ella». Entonces niego yo con vehemencia. Lanzo el cuchillo al suelo para acercarme a ti en busca de un abrazo. Estática, me recibes. Acaricio tu espalda mientras pienso en tus lunares. No me dejes, Elise, están corruptas y tienes que entenderlo.

     —Te quiero —murmuro en tu oído, como si fuera nuestro secreto.

    —Yo también te quiero, príncipe. —Suspiras despacio. —Gracias por matarlas a todas.

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