martes, 17 de enero de 2017

Be free

          La encontraron en un barco: estaba acurrucada en una esquina, con los ojos fijos en sus dos piernas juntas pero sin ser consciente de que las miraba. Tenía el cabello gris, como quien había envejecido en ideas y tenía que exteriorizarlo de alguna forma. No sabían cuál era su nombre pero aquello, de todos modos, tampoco importaba. Un nombre era solo una etiqueta. Si te llamabas «Luna» ya no te podías llamar «Estela», «Lidia» o «Paula». Y entonces siempre serías «Luna», y ya no podrías ser más cosas.

          Lo que más les llamó la atención, a parte del pelo, fue su tatuaje. Tenía escrito en el brazo izquierdo «Be free», del inglés «Sé libre». No sabían tampoco de qué país era; quizá era inglesa o simplemente estaba escrito así para que sus palabras llegaran a más personas. El caso era que la chica estaba ausente y parecía bastante triste. Uno de los marineros le preguntó qué le ocurría y ella, como respuesta, clavó su vista en él mirándole sin mirarle; como había hecho antes al estar acurrucada con sus ojos fijos en la junta de sus piernas.

          Pasó mucho tiempo allí; tanto tiempo que terminaron olvidándose de ella. Estaba ahí con su desazón, pero invisible. Aquello no era una novedad: la gente estaba acostumbrada a ver la miseria y a pasar de largo como si nada. Pero volviendo al tema, que se me da muy bien irme por las ramas, yo estaba ahí porque llevaba mucho tiempo buscándola. Ella no era de este mundo, ¿sabéis? Y mi deber era traerla de vuelta. Cuando la conocí tenía el pelo rosa y brillaba. Ahora es gris porque sus ideas están marchitas. La pobre era nuestra última esperanza ypor nuestra culpa, estaba enferma. Fuimos nosotros quienes dejamos de creer en la magia.


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Dibujo de David Ahufinger


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