miércoles, 25 de enero de 2017

El desconocido del baño

           El chico al que vi me hizo pensar en el chico que fue mi novio, luego lo olvidé. Pensé en todos los problemas que tuve con el sexo y en alguno que otro más que no estaba preparada para contar. Luego los olvidé, otra vez. Era alto, mucho más alto que yo, con músculos. Quizá no era un culturista pero sus brazos eran gruesos y fibrosos. Tenía muchos tatuajes y aquello me pareció atractivo. Sus ojos eran marrón oscuro, con eyeliner sobre la línea de agua que le daba un toque siniestro y alternativo. Sus labios eran carnosos, su frente ancha y sus pómulos marcados. Su pelo era negro, largo y estaba recogido en una coleta baja de la que se escapaba algún que otro mechón. Llevaba una camiseta de manga corta de un grupo de música desconocido para mí, acompañada por unos vaqueros oscuros y gastados. 

        Sobre la pila de aquel baño había cocaína. El desconocido tenía la mirada un tanto ida, aunque seguía siendo insultantemente agraciada. Me acerqué a él y quise tocarle la barbilla. Lo hice. Estiré mi mano derecha para rascar con mis dedos su barba mal rasurada. Él se inclinó contra mí y me besó. Fue algo que empezó despacio, luego se incrementó. Me empujó contra la pared y pasó las manos por mi cintura. Al principio solo me acarició la cintura y el vientre, pero luego fue hacia la falda del horrendo vestido de lana que llevaba puesto. Movió las manos debajo de ella tanteando el terreno sobre mi ropa interior, como si me estuviera dando algún tipo de cancha para apartarme si no quería que continuara. Yo no hice ningún amago de retirarme, así que sus dedos se terminaron sumergiendo.

       Se dedicó primero a jugar con mi clítoris; suave al principio, luego más deprisa. Pegó su boca sobre mi oído y me susurró «Tócame». Con lo excitada que estaba, solo lo hice. Me costó poco desabrocharle los pantalones con mis dedos para empezar a masturbarle.

        El tipo se terminó corriendo en un gemido. Me corrí yo al poco, también. Elevé mi rostro hacia el suyo y me encontré con su pelo fuera de la coleta. Tenía la camiseta de aquel grupo de música manchada de semen igual que mi ridículo vestido. Fue a la pila a lavarse la cara: lo vi secarse con un lado de la camiseta que no estaba manchado y, después, empezó a cortar la cocaína de nuevo. Se inclinó para tomar una raya y yo musité «No deberías de hacer eso», a lo que él arqueó una ceja y repuso en voz baja «Tú tampoco deberías de dejarte masturbar por desconocidos en un lavabo público».

      Quise decirle muchas cosas; que mi cuerpo era mío y que él era un gilipollas, por ejemplo. Pero en aquel instante sentí que quedaban fuera de lugar. Miré hacia mi reflejo en el espejo y luché para no derramar ni una lágrima. «Debes de estar muy colocado para haber decidido tocar a alguien como yo», repuse seca.  El desconocido me lanzó una mirada de arriba abajo.

      —Me gustas; solo eso.

      —Debes de estar muy colocado —repetí, antes de girarme hacia la puerta de salida.

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