martes, 24 de enero de 2017

Plié

Nota: texto muy antiguo. 

           Helena contempló hastiada el reloj del escritorio; aún le quedaban dos horas para el descanso. Sacudió su cabellera y tomó el bolígrafo de la mesa. Quiso evadirse, pensar en otras cosas, pero por alguna extraña razón su mente estaba en blanco. Los segundos le supieron a minutos, y los minutos a horas. Tal vez podría inventarse alguna excusa para volver más temprano a casa o quizá podría meterse en Facebook y jugar al Candy Crush. Se sintió mal consigo misma y pensó que conforme iba pasando el tiempo más insufrible se volvía su vida.

           Quería dibujar. Tenía una picazón en el cuerpo que la llamaba a hacerlo, pero desde el accidente trataba de dejarlo en segundo plano. Su mano derecha había quedado completamente inútil; ni siquiera podía encontrar fuerzas para poder sostener un bolígrafo. Y con su brazo derecho más de lo mismo: cuando lo movía se sentía lenta, y le dolía bastante. Al menos tenía trabajo: era afortunada, o eso parecía, dado que la contrataron por su discapacidad.

           Tuvo el sueño de convertirse en profesional en el campo de la pintura, pero sus anhelos habían quedado atrás desde hacía un año, junto a la sonrisa de Salomé. Cuando pensaba en su hermana, en la hermosa Salomé, sentía una losa tan pesada que le cortaba la respiración. Fue entonces cuando, a través de la ventana de su despacho, pudo ver una hermosa mariposa. Batía sus alas blancas con delicadeza y elegancia, y tuvo envidia. Quiso ser como ella; sentir cómo el aire despeinaba sus cabellos.

           Se acercó titubeante y estiró su brazo derecho, como si esperara que el insecto se posara sobre su mano inútil. La mariposa bailó en las alturas y descansó sobre ella. Dejó caer sus alas y clavó sus ojos sobre los de Helena como si estuviera esperando la respuesta a una pregunta que nunca llegó a efectuar.

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           Solo podía ver oscuridad; la penumbra inundaba toda la estancia. Completamente desorientada me deslicé sobre ninguna parte. Anduve, y anduve, y anduve hasta que creí perder cualquier atisbo de cordura y me imaginé loca estirando de mi cabellera oscura, con los ojos cerrados por el pánico. Pero, cuando empecé a pensar que era posible que la demencia llamara mi puerta, lo vi. Al fondo, no muy lejos, había un escenario de teatro. Corrí hacia él, como si fuera el salvavidas de aquel sinsentido de tinieblas. Estaba hecho con tablones de madera. El telón se veía pesado y era de un color borgoña que me recordaba al vino añejo. Una luz de lo que parecían ser focos me iluminó. Traté de averiguar de dónde provenía, sin éxito. Me acerqué con indecisión hacia el escenario mientras aquella luz seguía fija en mí, acompañándome en mi torpe recorrido.

           Y regresó la oscuridad: los focos se apagaron tras la caída del pesado telón. Entonces reaparecieron los focos y las cortinas se abrieron de nuevo. Los tablones de madera crepitaron y a ello le siguió el sonido de unos lentos pasos. Frente a mí apareció una joven hermosa y etérea. Tenía el pelo, de un rubio claro, largo e indomable y unos ojos aguamarina que me recordaban a las profundidades del Pacífico. Su piel era translúcida; a través de ella se podía discernir el sendero de sus venas y arterias, que se desplegaba en hermosas ramificaciones que recordaban a las de los cerezos en flor. 

           En su iris de zafiro se podía leer una pesadumbre tan poderosa que pude imaginarme hundiéndome en las olas de sus ojos, y me gustó. Amaba la idea de perder el oxígeno para unirme a su causa. Entonces apareció la mariposa blanca, que parecía haber bendecido mi maltrecha mano. Se posó sobre la mano derecha de la desconocida y la miró como hizo conmigo. La joven suspiró con ternura y se recolocó un tutú rosa pastel con nerviosismo. Después sacudió su cabellera de rubia y se sentó sobre los tablones de madera del escenario. La mariposa empezó a revolotear alrededor de ella como si siguiera los pasos de una danza desconocida.

           La bailarina lloró y yo lloré también envidiando su llanto. Durante minutos solo se podía escuchar nuestros jadeos ahogados y húmedos; nuestro desencanto marchito. Después, mis ojos se secaron y con los de ella ocurrió lo mismo. Pasó sus elegantes manos sobre sus mejillas frescas y, tras aquello, empezó a trenzar su cabello desde la raíz. La mariposa cesó en su vuelo y descansó encima de la cabeza de la bailarina. El pelo de la bailarina se fue oscureciendo, como si una sustancia extraña estropeara su tonalidad dorada. La mariposa se alejó de ella y la bailarina, como respuesta, se incorporó y trató de alcanzarla sin conseguirlo.

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           Helena recobró consciencia repentinamente. Miró su reloj: había terminado el horario de trabajo. Debía de acudir a hacer la compra y, ya puestos, visitar a Salomé. Salió de la oficina entre pensativa y melancólica. Su teléfono sonó.

           —¿Diga?

           —Helena, ¿te apetece quedar esta noche para ir al cine? —quiso saber Hugo.

           Helena pensó en si le apetecía o no; trató de ser sincera consigo misma. Lo cierto era que se lo pasaba de maravilla con el chico y que hacía bastante tiempo que no salía. Apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea. Si aceptaba se arriesgaba a que su relación con él llegara a algo más. ¿Estaba preparada para dar aquel paso? ¿Sería suficiente para él? A fin de cuentas ella no era más que un amasijo de desilusiones.

           —¿Helena? ¿Me oyes? 

          —Sí, lo siento —musitó—. Pues la verdad es que no tengo mucho tiempo. Pensaba ir a ver a Salomé y aún tengo que ir al Mercadona a hacer la compra.

           Se escuchó un suspiro resignado al otro lado del auricular.

          —Te acompaño a hacer la compra y a ver a Salomé. Seguro que entre los dos se hace el trabajo más rápido —insistió—. Me apetece pasar el rato contigo, Helena. Si luego no da tiempo para ir al cine tampoco pasa nada, podemos ir otro día.

           —De acuerdo. Ahora mismo voy hacia el hospital. Nos vemos allí.


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          El cuarto tenía las paredes blancas, insufriblemente blancas. Eran lisas, también, y desprovistas de cualquier tipo de decoración. La cama era un amasijo de hierros viejos y oxidados. El colchón se parecía más a una gruesa gomaespuma que a una base cómoda en la que descansar. El rostro de Salomé se veía sereno. Era hermosa en su inconsciencia; ninguna imperfección en sus rasgos de nácar. Blanca, demasiado blanca quizá, pero aquello era comprensible dado que nunca le daba el sol. Su cabello rubio claro estaba abierto como un abanico sobre la almohada. Lo tenía increíblemente largo; le llegaba hasta las caderas y caía por los dos extremos de la cama. Parecía la Bella Durmiente, pensó Helena. 

          —Eres tan guapa, Salomé, que duele mirarte. Incluso en tu inconsciencia eres hermosa. Quizá esa fue tu maldición: ser demasiado bella para tener consciencia propia—caviló con amargura. Pensó en los cuentos de hadas, en las historias fantásticas, y se sintió espectadora de uno de ellos.

        Empezó a trenzar el pelo de la ausente Salomé: en aquellos instantes le recordaba tanto a la visión de la bailarina que creyó que entrelazar los mechones haría que se despertara y saliera de la cama. 

      —Me ha llamado Hugo para ir al cine, ¿sabes? No sé si decirle que sí. Siento que estoy demasiado rota para él —confesó a su hermana con lentitud—. Te ves tan guapa que siento que debo dibujarte. ¿Me dejas, Salomé, me das permiso?

          Helena se alejó de ella y se sentó sobre la butaca de al lado de su hermana. Sacó del bolso una libreta mediana y un lápiz de punta blanda. Sus ojos se fijaron en Salomé intentando calcular las proporciones y el modo en el que la luz incidía en ella. Quería captarlo todo; no dejarse ni un solo detalle.

          Su mano izquierda empezó a dibujar. Comenzó haciendo la forma básica de la cama, del colchón y del modo en el que el cabello de la hermosa Salomé —mitad trenzado, mitad suelto— se escurría hasta casi rozar el suelo como una gran cascada.

          —Siento si no soy capaz de dibujar como antes, ya sabes que desde hace un año me he tenido que volver zurda —aseveró triste.

          Se centró en su trabajo y durante una tranquila media hora estuvo completamente entregada a su dibujo. No le quedaba demasiado para terminar; algún que otro sombreado y detalle concreto. Trató de poner gran parte de su empeño a la hora de definir el cabello, los ojos y los pliegues de las mantas.

          —Me gusta mucho —dijo Hugo con sinceridad, contemplando su creación.

          Acababa de entrar en la habitación y su imponente presencia parecía invadir todo el espacio personal de Helena. Era un tipo alto, uno noventa aproximadamente, delgado y de espalda ancha. No obstante, aquello no era lo que más imponía. Sus ojos, de un increíble tono que oscilaba entre el marrón y el gris, la hacían sentir insegura y vulnerable. Era él, que podía ver a través de Helena y, consciente de su habilidad, hacía uso de ella cada vez que podía sacarle partido.

          Salvaba vidas, pensó. Quizá fue aquello lo que originó que tuviera tanta facilidad para meterse en su cabeza; para leer entre sus miedos y sus demonios y obligarla a enfrentarlos. Aquella era la principal razón por la que muchas veces lo evitaba. Qué se sentía inútil, qué se sentía miserable, qué se sentía cobarde. Y no plantaba cara a ninguna de las bofetadas que le daba la vida. Hugo lo sabía. A pesar de que la taladraba con sus pupilas seguía viéndole y hablándole. Algunas veces le daba la espalda y otras se plantaba en la puerta de su casa reclamando una atención que, según creía, no merecía.

          Aquellas situaciones se repitieron una y otra vez, como el estribillo de una predecible canción de verano. Hugo trataba de cambiarlas pero terminaba sin encontrar suficiente fuerza de voluntad como para evitar que la jugada regresara. Helena simplemente actuaba como una víctima que no sabía interpretar su papel.

          —Ni siquiera sé por qué me he puesto a dibujar —se quejó con un mohín—. Si esto lo hubiera hecho un año atrás habrías alucinado con lo bonito que me estaría quedando.

          —Helena —la increpó—, estoy alucinando. Tienes más talento de lo que piensas. No todo son las manos; hay más cosas a parte de la técnica a la hora de dibujar. Y tú, algún día, te darás cuenta de que todas esas ganas que tienes de coger el lápiz son la prueba de que en realidad eres una artista que no quiere sacar partido a su talento.

          —Las cosas han cambiado demasiado como para plantearme algo tan lejano y complicado. —Contempló su maltrecha mano con amargura.

        —Siempre dices eso, Helena, pero sigues dibujando. Eso es muy hipócrita por tu parte, ¿lo sabías? Sigues dibujando tanto que has cogido mucha destreza con tu mano izquierda; cualquiera podría llegar a pensar que en realidad eres zurda. La única que se está limitando a sí misma eres tú con tus prejuicios.

          Helena no contestó. Hugo se inclinó hacia ella con la intención de ponerse a su altura. Tocó con su frente la de Helena y sus narices se rozaron. De nuevo estaban ahí aquellos ojos increíblemente astutos, aquella pupila que la traspasaba. Sus labios se encontraron levemente.

          —Fui yo el que te rescató de aquel trozo de chatarra que una vez fue vuestro coche. Fui yo el que saqué el cuerpo inconsciente de Salomé hacia fuera. Y el que supo que probablemente no despertaría, ¿recuerdas? También fui yo el que pude ver cómo en ti nacían todos los fantasmas que ahora te atormentan. En todos mis años de trabajo jamás en encontré con alguien con tanta fortaleza como tú, Helena. ¿Dónde quedó todo eso?

          —En el cementerio —repuso con amargura, desafiándolo con aquellas palabras. Hugo se alejó de ella y lanzó un largo y lento suspiro—. Quizá fue eso, ¿sabes? Lo que te hizo pedirme el número de teléfono en el hospital. Quizá solo querías hacer un acto de caridad a una pobre chica que acababa de perder a su hermana.

     —¿De verdad piensas eso? —inquirió atónito, sin encontrar realmente las palabras para responderle. Helena se mantuvo en silencio, ¿de verdad pensaba así de él?

         —La semana que viene tengo la última visita a rehabilitación. Creo que también me van a hacer unas placas para saber cómo ha evolucionado todo —musitó cambiando  de tema. Hugo decidió hacer lo mismo; sonrió de forma forzada y la abrazó con suavidad. Sintió húmedos sus ojos.

         —¿Quieres que te acompañe?

      —Está bien —accedió. Durante unos breves instantes le pareció haber visto a aquella extraña mariposa blanca sobre la cabecera de la cama de su hermana.

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         De nuevo estaba contemplando aquel extraño escenario de teatro que, en aquella ocasión, tenía un decorado. Había una habitación construida con cartón y una cama con un gran cabecero macizo de color metalizado oscuro. Su colcha tenía un horrendo estampado verde hierba en el que se repetía metódicamente el patrón de unas rosas. Mis ojos recorrieron toda la extensión de la escena en busca de la bailarina, que estaba desafiando a la gravedad sobre la tarima. Las puntas de sus pies sostenían su elegante cuerpo.

         Alzó su pierna derecha y alargó sus brazos hacia una jaula de plata donde estaba encerrada mi familiar mariposa blanca. ¿Había una jaula?, ¿había una mariposa? La hermosa bailarina abrió la reja y el insecto se posó sobre uno de sus dedos. Acto seguido dio dos vueltas sobre sí misma y saltó muy alto. Cayó sobre sus puntas con elegancia mientras la mariposa se alejó de ella.

      Sus ojos recorrieron la inmensidad del falso decorado como si tratara de identificar cuál era aquel lugar. Suspiró y se sentó sobre la fea colcha verde hierba. Entonces me miró. Se puso triste, muy triste, y abrió la boca. Habló, pero no alcancé a escucharla. Silencio. Sólo silencio. La bailarina quería decirme algo y yo tenía los oídos estropeados.

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         Helena se despertó. Sintió cómo los brazos de Hugo la envolvían y el pausado sonido de su respiración en la oreja. Aquella era una sensación apacible; si no salía de la cama volvería a caer presa del sueño. Intentando ser lo más delicada para no despertarlo, se liberó de su agarre. Salió de la cama y se colocó las gastadas zapatillas de ir por casa. Cuando su mano se posicionó sobre el pomo de la puerta escuchó un gruñido.

         —¿Helena…? Qué sueño tengo… —atinó a articular el chico, con la voz melosa.

      —Puedes seguir durmiendo, si quieres —musitó con suavidad. Hugo se levantó de la cama como respuesta. Con lentitud se dirigió hacia una somnolienta Helena y abrazó con ternura.

         —No importa —repuso—. Te ayudo a preparar el desayuno.

       Helena asintió, antes de dirigirse hacia la cocina. Estaba un tanto absorta. Apreciaba los colores de una forma vívida; como si hubiera aumentado el contraste entre ellos y fueran más brillantes. Pensó que lo más probable era que aún continuara soñando y que nada, absolutamente nada de lo ocurrido, era real.

       Se vio a sí misma yendo al cine acompañada de Hugo; sentándose en la zona central de la sala para poder tener una mejor visión de la pantalla. Rememoró su mano hundiéndose en el recipiente de cartón de las palomitas, el sabor de la bebida tras la pajita que compartieron y el modo en el que se sintió, tensa y candente, como si una parte de sí misma le gritara que estaban haciendo algo deliciosamente indebido.

       Ansias, también recordaba las ansias. Ansias de calor. De mirar sin miedo los pozos grisáceos del chico en busca del marrón; o de mirar el marrón en busca del gris. Quería, sólo quería, dejar de estar a la defensiva y ser una Helena sin restricciones ni miedos. Fue entonces cuando la fantasía se esfumó y el tono apagado y aburrido de la realidad llamó a sus pupilas. Volvió a ser la Helena de todos los días; de los amaneceres tediosos y las noches lentas. Pensó que quizá la Helena de anoche no era ella misma, sino otra persona que había tomado el control de su vida durante unas horas.

     —¿Has dormido bien? —preguntó a Hugo.

   —La verdad es que sí, ya sabes que tienes un colchón muy cómodo. ¿Y tú? Esta noche te has movido mucho; me has despertado varias veces.

   —Bueno, la verdad es que he tenido un sueño un poco raro… —se sinceró con precaución. No estaba del todo segura de si hacía bien desvelando más información. Cielo santo, ni siquiera estaba del todo segura de si lo que había soñado ocurrió siendo ella la piloto de su cuerpo.

    —¿Tuviste una pesadilla? —la increpó, curioso.

    —No sabría si llamarla del todo así… —tanteó, todavía indecisa.

    —No tienes por qué contármelo si no te apetece.

     Helena tembló ante la expectativa de hablar, y después articuló a trompicones:

     —¿Qué pasaría si soñaras algo que piensas que es real pero seguramente no lo es?, ¿y si te sientes tan perdido que no sabes ni dónde estás? Ni cómo actuar, ni nada de eso. Luego el sueño te parece más real que la vida misma, y luego te despiertas y sientes que actúas como un autómata. Y a veces ves cosas que no son reales pero crees que lo son. —Hizo una pausa —Al final me volveré loca, Hugo. Yo solo… No sé.

      Se produjo un silencio un tanto incómodo.

      —No entiendo lo que quieres decirme, Helena.

     —Déjalo, haz como si no te hubiera dicho nada —musitó sintiéndose ridícula. Fue hacia la cocina y puso una cafetera. Sacó la leche y llenó un vaso con ella.

     —Helena, sólo puedo decirte que conforme me has hablado me da la sensación de que has perdido el rumbo de tu vida, y con él la consciencia de tus acciones. ¿Qué tal si empiezas a hacer lo que te apetezca sin calentarte tanto la cabeza? Probablemente eso te ayude. Quizá es tu subconsciente, que te pide que disfrutes más de las cosas.

     No pudo evitar sentir que le decía aquello porque simplemente era lo que pensaba de ella; la idea que había establecido desde que la conoció. Aun así no encontraba ningún argumento con el que contradecirlo. Miró hacia el suelo con una pizca de rabia e impotencia. Hugo se acercó y la abrazó, tratando de reconfortarla.

    —Y el primer paso para hacer lo que te apetece es aceptar que eres una dibujante genial y que puedes intentar presentar tus trabajos para ganar dinero. Me ha encantado el dibujo que estabas haciendo de Salomé; expresa muchísimo cómo es ella. Siempre que veo tus obras me las imagino como si estuviera frente a un cuento; como si fuera el espectador de una historia incompleta.

     —Salomé es un cuento, por eso la ves como un cuento —repuso sintiendo su familiar angustia—. Ella es la Bella Durmiente y no despierta. Yo solo quiero que despierte, Hugo, y no lo hace. Mi mano derecha también está dormida, es lenta, y no despierta tampoco. Quizá es eso, que estoy en un cuento que protagoniza Salomé y por eso todo en mi vida está tan estático; porque ella misma no se mueve.

      —¿De dónde sacas esas ideas, Helena? A veces no entiendo lo que quieres decirme…

     Como si fuera inevitable, una lágrima salió de su ojo derecho, seguida de otra, y de otra. El llano de la joven era una llamada de auxilio silenciosa e irrefrenable. Estaba triste y no sabía cambiarlo; se sentía impotente y no sabía cambiarlo.

   De nuevo todo recobró color; regresaron los tonos vívidos de altos contrastes. Y volvió a creer que había perdido la potestad sobre su cuerpo. Sus labios rozaron con lentitud los de Hugo para, instantes después, alejarse de él lentamente.

     —Últimamente tengo imágenes de una bailarina. Desde la primera vez que la soñé veo las cosas de un modo distinto. Me siento rara porque no entiendo lo que quiere decirme. Sólo sé que está sobre un escenario de teatro y que baila. Parece que le piden que represente un papel que no termina de comprender. Ella llora, y lloro yo. Me siento como ella, enjaulada. Quizá solo sea mi subconsciente…

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         Estaba yo sobre el escenario; mis pies pisaban la tarima. Anduve por toda su extensión como si intentara comprobar que aquello había ocurrido. Pude percatarme de cuan vieja estaba la madera. En algunas zonas la capa de barniz se había desprendido y podía verse un tono gastado que oscilaba entre el negro y el gris.

      Al fondo, en una esquina, localicé a la bailarina sentada. Su cuerpo estaba encorvado, sus hombros caídos y tenía la mirada gacha. Su larga cabellera dorada le cubría el rostro y se balanceaba hacia adelante y atrás peinando la tarima. Pude imaginar sus mechones como dunas tras una tormenta de arena. Me acerqué a ella, perdida en mi fantasía, con ganas de tocar sus hebras y descubrir si en algo se parecían a la tierra que creí ver.

      Apareció un oasis: sus lágrimas saladas. Con más ansias aun la tomé de los hombros, queriendo ver el modo en el que sus dunas se oscurecerían como si hubiera tormenta. Estaba obsesionada, más que ida por el halo de magia y misterio que desprendía. Titubeante, traté de apartar el pelo de su rostro para poder medir su expresión.

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      Por primera vez en mucho tiempo Helena había acudido tarde al trabajo. Cuando despertó aún tenía grabado en su mente el intento fallido de desvelar las facciones de la bailarina. Hugo estaba a su lado, llevaba unos días pasando la noche en su casa y, para sorpresa de éste, Helena no puso ninguna traba o excusa. Parecía que había dejado de rehuir o de mirar hacia otro lado.

     Lo primero que hizo fue despertarlo para confesarle su nuevo sueño con la esperanza de que pudiera serle de ayuda. La respuesta que le regaló fue su habitual abrazo y una mirada entre intrigada y seria. Había empezado a habituarse al peso de aquellos ojos, que tanto hurgaban dentro de ella. El marrón grisáceo era perspicaz pero sus intenciones siempre habían estado justificadas por las ganas de saberlo todo de ella sin restricciones. Y, aunque pareciera imposible, aquello en lugar de darle tanto miedo, como ocurría antaño, la reconfortaba.

     «¿Has pensado en que quizá la bailarina sea una proyección de ti misma? De tus miedos, de esas cosas. Quizá solo intenta ayudarte; dirigirte por el buen camino. A lo mejor cuando te decidas a hacer lo que te gusta dejas de verla». Fueron aquellas palabras las detonantes de sus pensamientos. Una y otra vez se repetían en su cabeza.

     Tal vez fue aquella la razón por la que llegó tarde al trabajo. Cuando se sentó en su puesto se puso a dibujar sin preocuparse si quiera en las consecuencias que podría ocasionarle aquello. En cuanto abrió su libreta de tamaño mediano el dibujo de Salomé la asaltó. Ahí estaba, inacabado, llamándola.

     Su mano izquierda se posicionó sobre él y siguió sus trazos con anhelo; tenía que acabarlo, lo deseaba. Tomó un lápiz y continuó con su labor. Terminó de detallar la expresión de su rostro inerte, los claroscuros y el resto de matices. Extasiada, contempló su obra. Se encontró con que estaba orgullosa; con que, a pesar de haberla creado con su mano inexperta, era hermosa. 

     Fue entonces cuando supo que el príncipe de Salomé no iba a aparecer para despertarla. Permanecería siempre dormida; inconsciente. Era la princesa de los sueños. Debía de despedirse de ella. Apagarla, decirle adiós, y colocar su cuerpo en un ataúd hermoso y lleno de flores como el de Blancanieves. Aunque no estuviera físicamente con ella, jamás desaparecería de su pecho.

     Helena se encontró con lágrimas en los ojos; últimamente lloraba mucho. Pensó en si llegaría el momento en el que su llanto le erosionara el rostro, como lo hacían las olas en las rocas de la costa. Estaba abrumada por el peso de su decisión y temerosa de llevarla a cabo. ¿Sería lo mejor para Salomé? Sólo quería hacer lo correcto para dejar de sentirse atormentada.

     Su trabajo tampoco la hacía feliz y estaba empezando a creer que, quizá, aquel fuera otro de los motivos por el que continuaba estática. Tenía estabilidad económica pero, ¿de qué le servía? No estaba contenta, no la llenaba. Siempre quiso dibujar y antes del accidente confió en lograr vivir de sus obras. Después de aquella pérdida doble, de su mano y su hermana, había dejado de tener fe en sus ilusiones y sueños. Tal vez había sido un error; tal vez debería de comenzar a ser alguien más egoísta y empezar a olvidar un poquito el pasado. Su vida había cambiado, era un hecho, pero su corazón seguía latiendo. 

     Helena caminó hacia el despacho del director pensando que lo mejor era ser sincera y confesarle que no era feliz; que tenía anhelos que con un puesto de oficina no podía alcanzar. Ignoró la mirada de pena que dirigió a su mano maltrecha y el comentario insistente de que se lo pensara; a fin de cuentas solo la quería por la subvención que le daba su minusvalía. Parecía que solo la definía aquel accidente; que resultaba imposible que la gente la concibiera de otra manera. Quiso cambiarlo; dejar de sentirse impotente.

     «No te preocupes, Helena, yo te ayudaré a luchar por tus sueños», le dijo Hugo por teléfono y sintió que el corazón se le salía del pecho. Iba a dejar de ponerse limitaciones y sugestionarse de lo que podía hacer y lo que no. Iba a empezar a vivir como siempre quiso hacerlo.

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     Cuando la vi sobre el tan conocido escenario, supe que sería la última vez que nuestras miradas se cruzarían. Estaba feliz, atusando su vestido de ballet rosa claro. Dio un salto, y otro, y otro. Su cuerpo se mecía al son de una melodía solo escuchada por sus oídos. Se acercó con una elegante zancada hacia mí y me tendió su mano derecha. Indecisa, alargué mi inútil extremidad y la tomó.

     Con una sacudida de cabeza removió el cabello de su rostro de nácar. A mi mente vinieron nuevamente aquellas dunas movidas por una inexorable tormenta en el desierto. El oasis, apareció el oasis. Pero aquella vez fue distinto: en lugar de traer lágrimas iba acompañado de las ilusiones de un iris aguamarina que se oscurecía, dando paso a un marrón tierra húmeda. No, estaba equivocada, aquello no era un oasis; era el resplandor de un sendero mojado; eran los pastos tras la caída de la lluvia. Eran los ojos de una Salomé, que me miraba con condescendencia y tiraba de mí para darme un caluroso abrazo de despedida.

     Salomé, la bailarina, se alejó lentamente de mí para acercarse hacia unas escaleras de mano que acababan de aparecer dentro de escena. Se hizo la oscuridad para que, instantes después, un foco su ascensión lenta por los peldaños. Apareció la mariposa, también, resaltando a pesar de la penumbra. Salomé estiró su brazo derecho tratando de alcanzarla, pero el insecto era demasiado ágil incluso para ella. Cuando ascendió a lo más alto de la escalera, como quien escala el Himalaya, pude ver cómo arriba del todo se encontraba una enorme y prometedora luna de gomaespuma. Salomé me dirigió una significativa mirada, antes de realizar lo que sería su último paso de baile: un plié que la elevó alto, muy alto.

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     Enterrarla fue, sin lugar a dudas, la decisión más dura que pudo tomar Helena. No obstante, después de aquella visión supo que hizo bien. El cuerpo de su hermana se hundió en un ataúd hermoso lleno de flores y decorado ricamente: haciendo honor a la princesa dormida que siempre fue. En la lápida colocó el dibujo que realizó de ella en el hospital, puesto que era el que más se acercaba a definirla como la Bella Durmiente en la que se convirtió en el transcurso de aquel año. Cuando se alejó del cementerio, destilando dolor y lágrimas, le pareció ver las dunas del largo cabello de Salomé bambolearse en una danza, que era tanto de despedida como de júbilo.

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