miércoles, 11 de enero de 2017

Capítulo II: El injusto castigo

Marta dirigió su mirada hacia mí inmediatamente, como si fuera la principal responsable de aquello. Me sentí bastante avergonzada por las circunstancias aunque fuera estúpido; yo tenía poco que ver con que un grillo entrara en las aulas. Pero en cambio tenía la mirada incriminatoria de Marta y la amargura de haber escrito un relato corto sobre él. ¿Estaba compinchada con el insecto? La lógica me gritaba que no pero mi corazón quería creer que la magia existía. Y Marta también. Marta creería en cualquier cosa con tal de incriminarme.
—¿Clara Alegre? —Solo asentí. —Entrégame tu examen, por favor.
Negué y retrocedí hacia atrás. Mi examen, además de ser la prueba de mis poderes sobre animales con exoesqueleto, era mi historia. Mis historias solo las leía mamá porque me intimidaba mucho desvelar algo de mí a los demás. Siendo sincera también me daban miedo las críticas: que me dijeran que apestaba como escritora y que lo mejor era que me dejara de tonterías y me pusiera a hacer algo útil. Pero me intimidaba más que pudieran leer algo de mí en ellas. Podrían decir «Esto lo escribes porque no tienes amigos y te sientes incomprendida. Qué patética eres, Clara, con tus ilusiones de niña de cinco años». Cuando escribías había un cachito de ti ello y si te cruzabas con personas lo suficientemente listas como para darse cuenta estabas metida en un lío.
Marta era una señora con bastante mal genio porque tenía una vida triste y, en lugar de buscar algún consuelo, proyectaba su odio en los demás. Esa era una de las pocas cosas que había leído en su silencio. En ocasiones me gustaba quedarme mirando a las personas durante mucho tiempo. Era algo extraño pero también útil. A la larga podías memorizar patrones de conducta concretos que te desvelaban bastantes cosas. Las personas eran como libros, solo que a veces se nos olvidaba. Quizá una de las razones por las que Marta me procesaba odio era que ella en realidad siempre fue lista. También le gustaba hacer esa cosa de leer a los demás y probablemente a mí me había calado de pleno. Siempre fui muy fácil de leer aunque, para mi fortuna, nadie me prestaba la debida atención.
—¿Por qué no me quieres dar tu examen? Ya va siendo hora de que lo entreguéis todos. —Arqueó una ceja. —Dejad ya los bolígrafos encima de la mesa.
Me acerqué hacia la puerta con la intención de escaparme de allí. Las circunstancias se estaban sobreponiendo y no me consideraba con la suficiente entereza como para sobrevivir a semejante presión. Violeta, que también se había incorporado, se acercó a mí.
—No puedes obligarla si no te quiere entregar el examen —le repuso a Marta—. Puedes ponerle un cero, y ya. Déjalo estar, por favor.
A aquellas alturas quería que la tierra me engullera bajo diez metros de profundidad. Semejante bochorno no se lo deseaba a absolutamente nadie. Yo, que siempre había pasado desapercibida, acababa de ser el foco de atención de absolutamente toda la clase. Salí corriendo de allí con unas lágrimas que me picaban en los ojos.
Fui hacia los baños y me quedé encerrada bastantes minutos. Me costaba tomar aire y cada vez que pensaba en lo ocurrido aumentaba aún más si cabía mi angustia. Luego escuché a alguien entrar llorando como lo estaba yo. No me atreví a salir de mi cubículo: me quedé jadeando lo más silenciosa que pude. Aquella persona debía de estar muy triste, porque la intensidad de sus lágrimas incrementaba. Emitía chillidos ahogados y la escuché golpear la pila. Luego abrió el grifo, tal vez para que se la oyera menos.
No sé por qué lo hice y creo que en realidad nunca podría justificar mis acciones. Quizá fue porque me daban pena sus lágrimas, que eran muy amargas: como mi café, oscuro y solitario. El café que tomaba por las mañanas siempre iba sin leche, porque podía acompañarse a sí mismo. Pero aquel llanto era el de alguien que necesitaba leche condensada. Cuando salí del váter me detuve en seco. 
—¿Clara? —repuso Violeta, con la voz rota. Su voz rota era bonita, como la de algunos cantantes de la radio. Asentí. —No sabía dónde estabas. La profesora esa fue horrible conmigo porque le contesté.
Se acercó lo suficiente a mí como para que pudiera oler su colonia. Era dulce, y de nuevo tuve envidia. Luego sus brazos me envolvieron y dejó caer su cabeza sobre mi hombro. Era la primera vez en mucho tiempo que hacía algo así con alguien que no fuera mamá. Violeta era bastante más alta que yo, así que creo que se aprovechó de mi desventaja para dejar caer parte de su peso. La rodeé despacio y abrí la boca para decirle algo que la hiciera sentir mejor. «Relájate». Solo fue una palabra, y la dije bastante bajo, aunque creo que me escuchó.
Desde aquel momento Violeta y yo nos hicimos muy amigas. La mayoría de veces sentía que era un opuesto a mí y aquello estaba bien. Lo que más me gustaba de ella era que sabía llenar mis silencios. Me enseñó que el ruido también tenía cosas bonitas: en las palabras podías encontrar respuestas menos enrevesadas que en los pequeños gestos.
Nuestra estancia en el instituto fue cada vez más complicada, probablemente porque no pasábamos desapercibidas. Aquello era lo que más odiaba. Me sentía cómoda en la invisibilidad: era un velo que me prevenía de recibir golpes. Con Violeta todo fue distinto. Cada día recibíamos un guantazo de mil maneras. Todavía podía recordar la forma en la que se enteró de la muerte de mi padre.
Aquel día llevé un vestido azul celeste. Era un homenaje a papá, que le gustaba que llevara vestidos y aquel era su color favorito. Todavía podía recordar cómo cinco años atrás me preguntó Patricia «¿Por qué llevas puesto un vestido?». En aquel entonces tenía trece años y había algo dentro de mí que me impulsaba a contestarle que tenía derecho a llevar lo que me diera la gana. Desde que me alcanzaba la memoria saboreaba una sensación muy desagradable que me empujaba a pensar que cada cosa que hacía estaba expuesta al juicio de los demás. La vida me ponía exámenes y yo no había estudiado.
Lo cierto era que nunca me habían gustado los vestidos. Mi prenda favorita eran los pantalones cortos y las camisetas ajustadas de lycra. La lycra era suave, calentita y la vendían con colores muy vivos. Probablemente a Patricia le llamó la atención que hubiera cambiado de manera tan repentina mi vestuario y yo, en lugar de no contestarle, fui lo suficiente inocente como para darle una respuesta que usaría todos los años de bomba arrojadiza. «A papá le habría gustado. Hace un año que no está». Patricia no me dijo nada: solo se quedó mirándome sin saber cómo reaccionar. Quise creer que aquello la hizo compadecerse pero, sin embargo, me equivoqué. Horas después tuve a todos mis compañeros increpándome.
La gente me preguntaba cosas para conseguir información que me dejara en evidencia. Porque era divertido reírse de Clara y yo había sido muy estúpida. Poco después perdí la capacidad de hablar con el resto. Y se rieron más.
—¿Qué pasa, Clara? ¿Otra vez el vestidito de la muerte de tu papá? —espetó Patricia aquella mañana. Tenía las manos sudadas por el nerviosismo que me provocó aquel comentario. Violeta me lanzó una mirada de extrañeza.
—¿La muerte de su padre? ¿Qué dices?
—Su papá murió hará unos años de una puñalada que le dieron en un robo de su casa. —Sonrió con sorna, como si le gustara regodearse en mi desgracia. —Al poco dejó de hablar, porque se puso muy triste.
Invertí todas mis fuerzas en no darle una bofetada. Aquello fue extraño para mí, que nunca había tenido pensamientos agresivos. Cuando se portaban mal conmigo simplemente deseaba desaparecer. Pero en aquella ocasión solo anhelaba golpear fuerte a Patricia y gritarle que lamentaba que mi vida no fuera tan maravillosa como la suya.

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