viernes, 30 de diciembre de 2016

Capítulo I: El hada y el elfo

Cuando llegué a la cocina mamá me estaba esperando con una taza de café caliente entre sus manos. Tenía el pelo a la altura de los hombros, de un color caoba idéntico al mío, y perfectamente planchado. Algunas arrugas despuntaban en los extremos de sus ojos pero, aun así, yo sabía que pocas personas podían ser más guapas que ella. Sus ojos eran grandes, con las pestañas largas y atigradas, y del color de la miel. Tenía pecas sobre su nariz y mejillas. Blanca de piel y siempre elegante. Perfumada con una colonia que me hacía recordar cuando me daba abrazos de pequeña y me manchaba a besos con su pintalabios.
Tomé asiento en la barra americana esperando a que me sirviera un poco de café. Estaba ardiendo y era oscuro. Creo que me gustaba sobre todo por su aroma: podía resucitar a un muerto. Por eso lo tomaba con apenas una cucharada de azúcar. Lo quería fuerte, arañando mis papilas gustativas. Mamá se acercó a mí y me dio un beso en la frente: «Buenos días, cariño», me dijo. Asentí y removí mi taza. Luego miró hacia su reloj. «En nada desayuno, ma».
Cinco minutos después estuve saliendo por la puerta. Me llevé un croissant de chocolate, que mordisqueé con desgana hasta llegar a clase. Luego me senté en un pupitre alejado y pegado a la ventana. Desde allí llegaba a mirar a los vecinos de un bloque de pisos que estaba enfrente de nosotros. Había una mujer mayor que parecía entrañable con su cabello largo y blanco recogido en una cola baja. Llevaba puesto un vestido fresco con estampado de girasoles. Intercambiamos miradas. Estiré los labios intentando sonreír pero hice una mueca rara que me hizo ponerme nerviosa. Pasé la mano derecha sobre mi cabello caoba, que despeiné. La mujer siguió mirándome con una mezcla de curiosidad e incomprensión. Tendía la ropa mientras se preguntaba si yo era un alienígena; o eso me pareció a mí. Quizá tenía razón y la realidad era que salí de la brecha interdimensional que había en el techo de mi habitación.
Me forcé a mirar cómo se iba llenando la clase por mis compañeros.  Conocía el nombre de la mayoría de ellos aunque ninguno me dirigiera la palabra. También podía saber pequeños detalles de sus vidas tan solo observándolos porque, como dije antes, el silencio daba una percepción diferente de las cosas. Me sorprendió cuando una chica entró y no pude reconocerla. Era bastante alta y delgada. Tenía el cabello largo y rizado, de un castaño claro que estaba al límite de ser rubio. Sus ojos eran tan parecidos a los de mamá que pensé que sería más correcto que ella fuera su hija en lugar de yo. Era morena de piel y bastante guapa. Llamativa, porque llevaba un vestido lleno de volantes como una princesa. Estaba maquillada, también, con una gruesa línea sobre sus párpados, rímel y brillo de labios. Pensé en si aquel brillo de labios olería a algo: había algunos con sabor a coco o a frutas del bosque. Tuve uno así que me gustaba mucho, pero nunca me lo ponía porque me sentía tonta.
Envidié mucho a aquella desconocida porque se veía bonita con la boca brillante y tal vez aromática. Sonreía arrugando sus ojos pintados y batiendo unas pestañas que desafiaban la gravedad. Tuve el amago de encogerme, porque a su lado me sentía pequeña. Con una sonrisa se sentó a mi lado. «Hola, me llamo Violeta». Me sonrió más. «Este es mi primer año en el instituto», añadió. Yo asentí. Abrí la boca intentando hablar, pero me quedé sin palabras. Aquello, desde luego, no era una novedad. En su día la pedagoga dijo que tenía mutismo selectivo.
—Clara no habla —intervino Patricia, que me estaba prestando atención por primera vez en todos mis años de instituto. La desconocida con ropa de princesa era un imán para las personas. Y yo no me llevaba bien con las personas.
—¿Te llamas Clara? Es un nombre muy bonito. —Volvió a sonreír con sus mejillas sonrojadas. Mis mejillas se sonrojaron, también, pero seguro que no me vi con tanto estilo como ella. Intenté sonreír, pero me pasó lo mismo que con la señora mayor que vi por la ventana: hice una mueca rara. Violeta me miró con confusión y luego pareció divertida. Aquella reacción fue tan extraña que no supe medir si se estaba riendo de mí o conmigo. Me puse rígida y abrí mi libreta. Lo mejor era ignorarla hasta que se cansara de estar ahí plantada.
En respuesta Violeta se inclinó sobre mí y pasó su mano sobre mi frente repetidas veces. «Llevas carmín. ¿Alguien te ha besado?» Me quedé más pálida y sonrojada aún, si aquello era físicamente posible. Me encogí, enfurruñada, y no le respondí nada en absoluto. La curiosidad que parecía tener por mí era incómoda y reconfortante. Aquello me sorprendió, porque nunca había tenido dos sentimientos contradictorios a la vez. Aun así, me tranquilizaba pensar que al poco se iría a otra mesa.
—Soy nueva aquí —se presentó Violeta a Patricia—. Encantada de conocerte.
Patricia arrugó una ceja y miró a Violeta de arriba abajo. Le lanzó una mueca burlona, con algo de malicia, y después habló.
—¿Qué se te pasó por la cabeza para ponerte ese modelito? Parece un disfraz con tantos volantes.
Violeta rio con ganas.
—¿Quién decide lo que es un disfraz y lo que no? Hasta donde yo sé puedo llevar la ropa que me dé la gana. —Se sacudió el cabello fuera de los hombros. —Estoy ideal de la muerte.
Patricia la miró con condescendencia, mientras que Violeta por su parte volvió a fijarse en mí. Entonces supe por aquel cruce de miradas que su forma de tratarme era la de un igual: había sufrido discriminación como yo, por eso había escogido sentarse a mi lado. Mi comportamiento rezumaba «Inutilidad social» a quilómetros de distancia, por eso sentarse a mi lado la hacía sentir integrada. No estaba cómoda lidiando con personas promedio, porque en su día la desplazaron. La desgracia para Violeta era que yo no era una asocial cualquiera: yo era extraña incluso para la gente extraña.
Me sorprendió la confianza que tenía para actuar, a pesar de haber vivido algún tipo de discriminación. Tuve el impulso de preguntarle cómo tenía tanta autoestima, pero cuando tomé aire para empezar a hablar me quedé estática con la boca abierta. Era extraño. Mandaba la orden e intencionalidad de hablar, pero luego me quedaba a medio fuelle. Rígida, clavé la vista en la entrada del aula. Había llegado la profesora.
—Buenos días —saludó, sin tan siquiera presentarse porque no era el primer año que nos daba clase. Se llamaba Marta y su característica principal eran sus enormes y saltones ojos chocolate. Era menuda, regordeta y tenía una verruga en la barbilla. Su cabello oscuro siempre estaba recogido en un topo o coleta.
Violeta estuvo estudiándola con curiosidad. Por mi parte yo clavé la mirada en un grillo al que parecía que nadie prestaba atención. Era verde brillante y estaba en una esquina del cuarto, saltando en el mismo sitio. Me recordó a una rana enana. Luego pensé que era muy valiente, porque cuando supieran de su presencia podrían aplastarlo. Había varios chicos en clase a los que les gustaba alardear hundiendo a personas emocionalmente débiles. ¿Un insecto podía ser emocionalmente débil? Eran pequeños y a los chicos les gustaba aplastar a las cosas pequeñas.
El insecto me miró. ¿Los insectos podían mirar? Saltaba mirándome. La profesora seguía hablando mientras repartía hojas. No le presté atención: solo miraba al insecto porque una parte de mí sentía que debía de contar una historia. A lo mejor no era un insecto, sino un hada. A mí me gustaban las hadas y las princesas, aunque a muchos les parecieran ridículas. Llevaba un tiempo trabajando en un cuento de una princesa que se llamaba Soledad, pero no me apetecía hablar de Soledad sino del insecto que en realidad era hada. Así que cogí mi bolígrafo y me puse a escribir.
Había una vez un hada que era la más hermosa del reino. Tenía las alas verdes como la madreselva y delicadas como las mariposas. Sus ojos violeta claro estaban tan carentes de emoción que recordaban a un muro de hormigón. El hada más hermosa del reino estaba triste, opaca y sola porque un malvado elfo la engañó. El hada más hermosa del reino iba a convertirse en una anciana de tez olivácea y caduca.
Estuvo muchos años subiendo a una colina cercana a la luna para recoger sus rayos dentro de unos tarros mágicos de cristal. La luna, que era tan hermosa, regalaba su resplandor todas las madrugadas. Mientas tanto, el hada se hacía con él en sus tarros mágicos para conservar su belleza eterna. Cuando envejecía los abría y su piel absorbía el brillo del satélite. Entonces, volvía a ser la perfecta hada del reino.
Pero llegó un elfo astuto y malvado, que tampoco quería que las arrugas empezaran a nacer en su piel. Tenía el pelo largo y azul: a juego con sus pupilas de zafiro. Su sonrisa era de gato, con los dientes puntiagudos. Se puso de rodillas para decirle al hada «Eres la dueña de mi corazón». Aquellas palabras conmovieron al hada, que cayó rendida bajo sus encantos y, al poco, se casaron. Fue entonces cuando el elfo pudo descubrir el lugar donde el hada escondía sus tarros. Se los arrebató. Todos; sin dejar ninguno. Y el hada estuvo llorando hasta que se le secaron los ojos.
Aún desconsolada volvió a recolectar rayos de luna. Pero, por desgracia, no tenía reservas para detener su vejez. Sería un hada fea que se convertiría en insecto. Porque, como todo el mundo sabía, la magia solo existía en la belleza: el castigo a los mediocres era tener exoesqueleto.
Cuando terminé de escribir me di cuenta de que todos lo seguían haciendo. Había unas preguntas en la pizarra a las que no les había prestado la debida atención. Con disimulo me levanté para coger otra hoja y contestar lo poco que me diera tiempo, pero Marta, la profesora, me detuvo. «Dije que contestarais solo en el folio que os di», repuso seca. Asentí con la certeza de que me estaba metiendo en un lio.
De repente, alguien chilló. El grillo que era un hada había dado un salto sobre la mesa de Marta. Se pusieron todos de pie, histéricos, y algunos chicos de clase fueron hacia él para cazarlo. Me puse tensa por las circunstancias. «¡Ya basta! ¡Sentaos! Es solo un insecto». El hada en forma de grillo me miró y, acto seguido, desapareció: había saltado por la ventana.

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