sábado, 11 de febrero de 2012

Prólogo: Grieta


Cuando sonó el despertador supe que no quería salir de la cama. Era el primer día de instituto, así que estaba mejor tumbada sobre el colchón. La luz pálida del amanecer despuntaba por los huecos que no cubrían las persianas. Escuchaba, también, el molesto trinar de un pajarillo. Quería espantarlo para que todo se quedara en silencio, porque cuando había silencio recobraba un tipo de conciencia distinta sobre el mundo. No escuchar sonidos me hacía más consciente de mi alrededor: veía las cosas sin edulcorar, y eso a veces dolía. Pero no importaba: estaba acostumbrada a aquel tipo de dolor.
Mis ojos se fijaron en una grieta que se había formado en el techo. Hacía mucho que estaba ahí, cada vez más grande. Cuando llovía se oscurecía y empezaba a llenarse de moho. Mamá se quejaba, porque la reforma de mi habitación había sido un fiasco. Y la grieta seguía ahí, recordándoselo. Algunas veces la miraba porque me daba la sensación de que si lo hacía durante mucho tiempo se dilataba. La miraba horas con la esperanza de que creciera como un agujero negro hasta engullirme. Entonces viajaría a una dimensión alterna donde no habría institutos, exámenes ni nada por aquel estilo.
Sería un lugar maravilloso en el que nadie llevaría puestas caretas. La gente se presentaría sin fingir que había cosas que les importaban cuando no era así. Podría sonreír cuando me apeteciera y estar triste cuando me diera la gana. Venga a visitarme usted, señora grieta, que tengo muchas ganas de hacer viajes interdimensionales.

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